DIRECCIÓN

Luzarra 16 (local). Deusto - Bilbao - 48014  |  Info: 615 715 000

HORARIO DE APERTURA

Lunes-sábados 18:00 a 22:00  |  Domingo y festivos cerrado

  • El valor de las palabras

Persona

¡Qué curioso! Si alguien nos dijera que somos una máscara, nos podríamos sentir ofendidos creyendo que nos trata de falsos, que mostramos algo que en realidad no responde a nuestra identidad. Pues si somos personas, somos máscaras. Más que serlo, las portamos. Todos ocultamos nuestra verdadera esencia tras una máscara de materia.

En la antigua Grecia y en la Roma clásica, los actores, en el teatro, portaban unas máscaras que les permitían amplificar la voz para hacerse escuchar, que se llamaban per sona, ‘para sonar’, lo que hace sonar (sona) «a través de» (per).

¿Cómo esta palabra derivó en sinónimo de ser humano? Hoy puede ser difícil de entender dada nuestra mentalidad materialista, pero antes de esta ideología propia de nuestro tiempo, se entendía que todos somos una esencia recubierta de materia (o con máscara), con la que nos revestimos para interpretar nuestro papel en el escenario de la vida, y que aquello que somos pueda hacerse escuchar, es decir, una herramienta con la cual manifestarnos en la existencia. Se dice que los ojos son el espejo del alma, pero esa alma se comunica con el mundo a través de su personalidad o personaje, el papel que interpreta en vida, mientras que aquello que sí somos permanece oculto y por ignorancia se identifica con su máscara; quizás por ello nos preguntamos quiénes somos, porque algo intuimos cuando observamos nuestra imagen o disfraz.

Así pues, hay que recordar que cuando se diga que somos personas, se está diciendo que somos una máscara y estaría bien que por ello nos ofendiéramos, porque no somos máscaras sino conciencias humanas que en esta vida interpretan, lo mejor que pueden, un guión temporal. ¿Con qué nos identificamos, con la esencia o con la persona?

Curioso

El ser humano tiene la cualidad innata de la curiosidad, que a todos nos lleva a querer conocer. Sin curiosidad, nuestro aparato mental no tendría estímulo para indagar en los diferentes campos del conocimiento, por lo que es una herramienta que hay que saber manejar y cuidar.

Curioso, del latín curiosus, de curare = curar, que significa cuidar, preocuparse, interesarse, y el sufijo -osus, que indica «abundante en». Por lo que curioso es aquel o aquella que se interesa o se preocupa más de lo normal por algo, se cuida de conocer, y así también podríamos decir que el conocimiento cura de la ignorancia.

Al niño, desde que empieza a tener uso de razón, le invade la curiosidad, se preocupa y se cuida de conocer, sobre todo, aquello que le rodea y aquello que intuye y que va más allá de lo cotidiano, por lo que nos puede preguntar por qué a tal persona le brillan más los ojos, o por qué el mar tiene tanta fuerza, o por qué el sol solo brilla de día. Sus preguntas, a medida que crece, se van haciendo más concretas y pierden la magia que le hacían observar las cosas desde el asombro para tratar de curarse de su ignorancia.

Lo duro es que, creyendo que nos estamos curando, hemos caído en una red engañosa. La curiosidad se va disipando gracias al disolvente de la opinión, tomando juicios que no coinciden con la realidad, creyendo así que conocemos cuando solo tenemos opiniones que no tienen una buena base de investigación o que son tomadas de aquellas que están aún por demostrar y por terminar de resolver. Nuestra propia mente, junto con aquello que le agrada o le desagrada, lee, escucha, mira y, consciente o inconscientemente, elabora opiniones acerca de la vida, del ser humano, de los demás, de la muerte, del dolor, del porqué de la existencia… y creyendo que ya conoce, deja de preguntar, deja de curarse.

Situémonos en la filosofía, en el amor a la sabiduría o al conocimiento, en el amor como motor que nos sacará del confort de la opinión para caminar hacia otra realidad mejor y más sana. ¡Amigo lector, cuídate!

Madurez

La palabra madurez o maduro/a viene del latín maturus, que significa “lo que ha alcanzado el desarrollo esperado”. A su vez se vincula con la raíz indoeuropea *ma-1, que significa “bueno” o “en su momento oportuno”.

Si este concepto lo trasladamos al ser humano, diremos que su cuerpo alcanza la madurez cuando ha llegado a su completo desarrollo. Por fortuna, este sigue un plan natural independientemente de lo que podamos desear cada uno de nosotros. Sin embargo, hay otros “desarrollos” que son internos, como el psicológico y el mental. Ellos necesitan un correcto crecimiento para alcanzar la madurez.

Antiguamente las canas eran símbolo de persona madura y sabia, refiriéndose al desarrollo esperado por un cultivo individual esmerado. Hoy solo cultivamos el cuerpo y el tener canas es sinónimo de vejez y, en consecuencia, es un estado al que no se quiere llegar, precisamente por una falta de desarrollo interior. Este crecer por dentro nos permitirá madurar como personas y realizarnos como lo que somos: seres humanos.

Hoy nos encontramos con muchos cuerpos físicos maduros, pero ciertamente inmaduros psicológica y mentalmente porque no han sido debidamente alimentados, no pudiendo, por tanto, alcanzar lo mejor de sí mismos.

Interiormente somos frágiles, incompletos: qué será de mí, para qué se vive, quién soy, quién inventó la vida y sus leyes, por qué tengo que vivir... Así que es comprensible que en algunos momentos de nuestra vida nos sintamos desubicados con respecto a ese gran Plan Evolutivo que hemos podido intuir, y que nos consolemos aferrándonos a una pobreza existencial que llamamos juventud, tan escurridiza como breve. Pero con esto solo conseguiremos tener más miedo: vivir con más miedo de lo que sería razonable.

La indigencia de nuestro mundo interior se debe básicamente a una ausencia de verdadera educación. Esta es la que nos permite recibir el alimento indispensable para lograr esa “madurez” inherente al auténtico ser humano. Lamentablemente se confunde formación con educación, de manera que nos formamos como médicos, arquitectos, informáticos, peluqueros y tantas otras profesiones, pero sin haber madurado como personas.

Rescatemos, en fin, el valor de la educación por su fundamento ético. Si lo logramos, disfrutaremos de una sana madurez que nos permitirá comprender cuál es el sentido real de la vida y, al mismo tiempo, ser dueños de nuestro destino.

LIBRACO

Aburrimiento

¿Cuántas veces hemos oído la frase “¡me aburro!”? Parece que designa un momento de ociosidad inactiva en la que no estamos entretenidos, o incluso podemos pensar que tiene que ver con los burros, pero lo curioso es que se refiere a un estado emocional. La palabra aburrir viene del latín abhorrere, compuesta de ad (‘sin’) y horrere (‘ponerse los pelos de punta’).

Es bastante llamativo que el estado de aburrimiento sea causado por aquello que no nos pone los pelos de punta, que no nos asusta; es como si tuviéramos que vivir continuamente asustados para no aburrirnos, o tener inyectada adrenalina en sangre para sentirnos activos y vivos y no decaídos y apáticos.

La verdad es que si uno va al cine y no siente cierta tensión emocional que le mantenga la atención, comienza a aburrirse, a sufrir un estado de ánimo producido por falta de estímulos, diversiones o distracciones. Lo mismo sucede con los videojuegos: el ánimo que hay que conseguir es el de excitación; si no, es un juego aburrido.

Pero también es verdad que no hace falta sentirse alterado o asustado para no estar aburrido. Cuanto más necesitamos de un estado de alteración emocional, más propensos al aburrimiento seremos, porque lo veremos todo tedioso.

Hay que subir de nivel, es decir, ponerse por encima de las emociones que necesitan cada vez más de estímulos externos y situarse en aquellas emociones que nosotros mismos somos capaces de provocar: emociones que nos permitan vernos a nosotros mismos, a la gente, al mundo y a la vida con una mirada única y llena de valores que nos den una calidad de vida emocional más auténtica, sin depender de que sea el mundo el que nos alegre la vida.

Necesitamos ser más felices y no tan asustadizos o nerviosos, necesitamos de experiencias que nos llenen como seres humanos, que nos hagan alegres, estables y fuertes; eso sí que no es aburrido.

LIBRACO

Obligación

Cuántas veces hemos puesto como excusa, consciente o inconscientemente, cuando no queremos hacer algo, el sentirnos obligados: “es que me obligas…”, “no me siento obligada/o…”, siempre como algo externo que nos quiere someter a hacer algo que no queremos, pero ¿a que no sabías que la obligación parte de uno mismo?

La palabra obligación viene del latín obligatio y significa “cumplir con algo prometido o debido”. Sus componentes léxicos son: el prefijo ob- (enfrentamiento u oposición), ligare (atar), más el sufijo -ción (acción y efecto).

La obligación es el compromiso o ligadura que uno contrae por propia voluntad y al que debe responder; es el sentido del honor lo que le obliga a cumplir con su palabra, con sus principios, con su destino. Nadie puede sentirse obligado si no se ha comprometido o atado.

Una deuda es un compromiso que nos obliga a devolver lo adquirido; una promesa es un deber que nos obliga a cumplir con lo prometido; un contrato es una obligación de cumplir lo pactado; un juramento que hacemos es una obligación ineludible para nuestra propia conciencia, pues habla de la propia identidad humana que somos y que no podemos traicionar.

Debemos tener claro qué deudas adquirimos con diferentes empresas, en la convivencia y con nosotros mismos, porque ello nos da la libertad de elegir nuestros compromisos conscientemente y no vernos obligados a cumplir con situaciones que no queremos asumir. Así pues, la próxima vez que te sientas obligado u obligada, pregúntate si es una deuda adquirida por contrato, moralmente, de compromiso o de palabra. Si no es así, eres libre de no responder.

Religión

Cuando llega la Navidad, a veces se suele oír: «la celebro porque nos juntamos la familia, pero no soy religiosa o religioso». También, a veces, ante la muerte de un ser querido, no se celebran misas porque no se cree en la religión en la que nos hemos educado, pero se hacen ceremonias especiales de despedida con reflexiones que nos abren a un mundo de misterio. Es normal confundir un sentimiento humano innato con una forma religiosa.

La palabra religión viene del latín religio, formada con el prefijo re-, que indica intensidad y reiteración («de nuevo»), el verbo ligare, que significa ligar o amarrar, y el sufijo –ión (acción y efecto). También el verbo ligare se vincula con la raíz indoeuropea leig, que significa «atar». Así, religión significa unir o volver a unir, pero ¿unir o volver a unir qué?
Todo ser humano, en algún momento, siente que hay algo más allá de la vida o de sí mismo, que, como decía C. G. Jung, da sentido a su existencia, que lo trasciende en altura humana, y que llamamos divino o espiritual porque nos arranca de nuestro egocentrismo ambicioso y nos impulsa a unirnos a ese «misterio».

Nos vinculamos a él una y otra vez cuando, por ejemplo, contemplamos una noche estrellada o un atardecer, al observar a otros seres humanos que voluntariamente dan su tiempo y esfuerzo a los demás, cuando percibimos el milagro de la vida y también de la muerte, cuando escuchamos el viento azotar los árboles en un día de invierno, cuando miramos el paisaje desde la cima de una montaña...

Algo en nuestro interior se encoje y a la vez nos expande al percibir instantes de profundidad y de eternidad, de generosidad desinteresada, actos heroicos y esfuerzo de superación de uno mismo o de lo mediocre, el buscar el sentido de la vida o la muerte y comprenderlos. Estos son realmente sentimientos religiosos, el sentirnos unidos con la Voluntad, el Amor y la Inteligencia con una perspectiva altruista que trasciende lo personal.

Religión es, pues, todo acto que nos une y nos vuelve a unir con lo mejor de nosotros mismos, con los demás, con la naturaleza, con la vida y con la Entidad Cósmica Inteligente que seamos capaces de percibir, aunque no se ciña a una imagen de una entidad religiosa.

LIBRACO

Trabajo

A todos nos suena la expresión ¡otra vez es lunes!, que asociamos con el comienzo de las jornadas de trabajo y las interminables horas que nos conducirán de vuelta a la liberación del viernes, donde a partir de entonces, el tiempo parece acelerarse demasiado para nuestro gusto y desembocar en la noche del domingo para llegar al comienzo de los días laborables.

¡Qué estrés! :( Nuestra vida se desarrolla semana tras semana hasta llegar a los días de descanso, y de ellos a la búsqueda del mes de vacaciones... y un día nos damos cuenta de que somos esclavos y que la vida se nos está escapando estúpidamente.

Pero más allá de lo que cada uno viva como esclavitud, resulta que la palabra trabajo viene del latín «tripaliare» y a su vez de «tripalium», que era el yugo hecho con tres palos con los que amarraban a los esclavos para azotarlos; de ahí que asociamos trabajo con sufrimiento, pues labor está asociada a dolor. De hecho, en nuestra lengua, el euskera, trabajador rural o trabajo en el campo está asociado a las palabras nek o neke, que significa «agotamiento o cansancio», diciéndose «nekazaria». Hoy hay muchas formas de trabajo, y más aún con las nuevas tecnologías; pero antiguamente el trabajo más extendido era el del campo, y si bien hoy no es la forma de sustento mayoritaria, la asociación inconsciente al sufrimiento y a la esclavitud sí la hemos dilatado hasta nuestras nuevas formas laborales.

Hoy el trabajo no dignifica a las personas sino que las esclaviza. Es tiempo y energía, o sea, vida que damos a cambio de unos euros. Aquí cabría hacernos la siguiente pregunta: ¿qué vale nuestra vida? Para algunos, se reduce a conseguir comida y cobijo; para otros, a conseguir riquezas. Pero detrás está la conciencia, que se pregunta: ¿qué sentido tiene la vida?

Ante este panorama, es lógico que los jóvenes se nieguen a trabajar y no encuentren un sentido de vida que les impulse hacia una meta de desarrollo humano, sino a llevar una existencia dominada por el egoísmo y por actitudes parasitarias.

Hay que rescatar el sentido de libertad y el sentido del trabajo sano como medio digno de sustento y no como una forma de vida sin más aspiraciones, pues no debemos vivir para trabajar sino trabajar para cubrir las necesidades fundamentales de la existencia. Hay que lograr vivir siguiendo unas pautas que no solo tienen en cuenta los requerimientos del cuerpo, sino también la exigencia de crecimiento individual.

LIBRACO

Obedecer

¿Qué nos viene a la cabeza cuando oímos la palabra obedecer? La primera impresión es coacción, una fuerza que nos obliga y con la que no estamos de acuerdo, y esto es lo que nos dice la RAE en su definición; pero la etimología es bien distinta, pues la palabra obedecer viene del latín oboedescĕre y significa “saber escuchar”, que se diferencia de oír. Continuamente estamos oyendo cosas, pero solo cuando ponemos atención escuchamos, lo que implica colocar la conciencia en aquello que quiero atender.

Escuchar supone poner en acción otros elementos de nuestra conciencia, como la imaginación y la inteligencia, cualidades que permiten seguir y ver lo que escucho para poder comprenderlo.

Es saber escuchar, porque hay que entender para obedecer, es decir, conocer, lo que supone la libertad de escoger lo que quiero realizar o construir, porque la inteligencia, el saber discernir así me lo dicta.

El que no entiende no obedece y es, entonces, cuando se le puede obligar, porque no entra en razón, como lo hace una madre con su hijo: el pequeño aún no ha desarrollado su capacidad de comprensión de lo que es bueno y malo, no entiende por qué tiene que recoger, o acostarse a una hora, o comer sano, él se deja llevar por sus juegos infantiles y sus deseos, que es a lo que presta oído.

Hay, por supuesto, diferentes tipos de obediencia, pero si nos ceñimos a la etimología, la auténtica obediencia es aquella que se ajusta a la libertad del individuo, porque se la otorga su inteligencia, su conocimiento. Es así como se hace responsable, o dicho de otra manera, se ve obligado a responder a su discernimiento y no se deja llevar por los instintos y deseos que nublan su razón.

Por lo tanto obedece quien realmente conoce, y se deja someter quien no tiene una mente suficientemente educada para poder elegir con discernimiento.

Y tú, ¿obedeces o te dejas llevar?

LIBRACO